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Recuperando la esencia de la vida

Bienvenido 2019!!
Bienvenidas todas y todos a este nuevo año, que seguro llenaremos de experiencias y emociones magníficas, y en el que espero poder seguir compartiendo un pedacito de nuestra vida con todas vosotras.
Este primer post del año ha surgido en mi cabeza mientras estábamos de vacaciones. Aquellos que me seguís en Instagram, habéis podido ver que hemos pasado unos días en el Pirineo francés, alojados en una pequeña cabaña de madera, de no más de 12m cuadrados, con una estufa de leña para calentarnos, unos fogones de gas, un baño seco en el exterior, y una única estancia salon-cocina-bañera y en el altillo una cama de matrimonio. Estando allí, al igual que cuando salimos de camping, me di cuenta, de la belleza que supone volver a lo “esencial” y vivir con menos. Y no hablo de minimalismo, sino de “esencia”. Calentar el agua para el té sobre la estufa de leña, sin prisa, mientras miras el fuego en su interior, o mientras tuestas el pan de ayer en una sartén, rodeadad de madera y mirando las cumbres nevadas a través del ventanal, me hizo sentir “presente” de una manera que no había experimentado en otras ocasiones. Por otro lado, soy consciente, de que a día de hoy no podríamos vivir en un espacio tan reducido y continuar llevando la vida que tenemos, pero sí creo y quiero recuperar ese “algo esencial” y quizás primitivo de otras civilizaciones, de otros tiempos.
Este es un post, difícil de escribir para mí, pues me cuesta poner palabras a este sentimiento que llevo dentro, sin parecer poco coherente y sin divagar en exceso.
¿Como voy a materializar esto en mi día a día?¿que supone para mí recuperar ese “algo esencial”?. Para mí, que reconozco ser bastante exigente y perfeccionista con el resultado de lo que hago, que me encanta la repostería, crear, innovar en la cocina siempre que puedo, tener cacharros para todo (cada uno para lo suyo), hacer manualidades chulísimas con cientos de papeles decorados, washi-tape, troqueles, sellos, pegatinas…e infinidad de otros artilugios (que no voy a desterrar de mi vida por completo, ni mucho menos), va suponer todo un reto. Quiero pensar en la vida que llevaban mis abuelos cuando eran niños (sí en la posguerra y el hambre), en la que no tenían todo lo que querían, en ocasiones ni siquiera lo que necesitaban, pero aún así encontraban la felicidad mucho más fácil de lo que muchas personas lo hacen ahora. No obvio que fueron tiempos muy difíciles y complicados, claro que no, pero lo que intento rescatar de aquello, es que aún en la dificultad, ellos encontraban un motivo para sonreir, para ser felices y para seguir adelante. A día de hoy,tenemos tantas cosas que hemos inventado el “minimalismo” para reducir nuestras posesiones, pero ¿has mirado tu despensa o tu nevera?. Antes una magdalena, un bizcocho, un bollo, era poco menos que un lujo, algo especial que te hacía disfrutar y sentirte vivo, pero ahora, con solo abrir un armario de la cocina de casi cualquier casa puedes encontrar todo tipo de “alimentos innecesarios”, bolleria industrial, varias cajas de cereales, algunas tabletas de chocolate, pero también superalimentos, proteinas en barra o en cápsulas, vitaminas para esto y aquello. Si algo se nos estropea o no tenemos, enseguida podemos bajar al supermercado, o “al chino” que siempre está abierto, o pedirlo por internet. Nos hemos acostumbrado a vivir en lo inmediato, a no poder esperar ni esforzarnos para tener esto o aquello (ya sea una pizza o un móvil de última generación). Comemos tomates en enero y zumos de naranja natural en agosto!!.
No sé si me explico, pero tenemos las casas y los armarios llenos y repletos y nuestras almas y corazones, a veces, casi vacíos (o tan llenos de otras cosas, que no cabe lo verdaderamente importante).
Vivimos en lo inmediato y lo fácil, si una mancha no sale de la camiseta, pues la tiramos y compramos una nueva (porque total, me lleva más esfuerzo lavarla a mano con jabón que comprar una nueva por 6€), que me apetecen cerezas en diciembre, pues seguro que en algún supermercado gourmet las puedo conseguir, que hoy no me apetece cocinar, pues pido comida a domicilio (y no solo fastfood, también la hay sana y ecológica). Pienso que esta inmediatez y facilidad con la que conseguimos las cosas nos hacen necesitar de experiencias cada vez más extraordinarias y magníficas para sentir que disfrutamos y que estamos vivos por dentro. Se nos olvida que hemos venido a la Tierra para, de un modo u otro, trabajar y aprender en el camino. Y no solo me refiero al trabajo remunerado, sino al trabajo de la voluntad, de la persona, al trabajo físico de las actividades cotidianas. ¿Os imagináis a vuestra bisabuela yendo a pilates o a yoga para ejercitarse y meditar?. Antes no hacía falta, porque nuestra energía se canalizaba a través de las tareas domésticas del día a día. Tendíamos en una cuerda alta, y no en un tendedero a la altura de la cintaura, lavávamos a mano lo grande y lo pequeño (bendita lavadora, no digo lo contrario), las cocinas y estufas se calentaban con leña que había que cortar y cargar, a veces, no había horno en casa sino que tenías que ir andando al del pueblo para hornear el pan, y así, un suma y sigue. No me malinterpretéis, con esto no quiero decir que cualquier tiempo pasado fue mejor.
El día de Reyes, siempre nos juntamos en nuestra casa con mis padres, mis suegros y mis cuñados para comer y abrir los regalos, y mientras andaba en la cocina les oía decir a mis padres… “es que antes nuestros padres y nuestros abuelos no tenían de nada, casi ni sitio en casa y eran tan felices, se juntaba un montón de gente en la mesa camilla a charlar y a cantar y ya está, y ahora que lo tenemos todo, nunca estamos agusto”. Y creo que a veces éste es un sentimiento bastante generalizado.
Nos sobran cosas y estrés y nos falta tiempo y alegría de vivir. Tiempo para compartir con nuestra pareja e hijos, con nuestra familia y amigos, tiempo para escuchar nuestro corazón y cuidar de él. Alegría porque amanecimos junto a los nuestros, porque no nos falta de nada.
Vaya, al final estoy divagando más de lo que pensaba, jajaja.
Bueno, básicamente lo que intento deciros es que mi gran propósito para este 2019 será vivir con menos para disfrutar más, sobre todo en esas áreas en las que me “excedo”.
En lo relativo a la cocina, por ejemplo, las recetas especiales y complicadas serán para esos días especiales que compartes con más personas. Las tartas serán para el cumpleaños. Los dulces típicos, sólo en su época. La comida, a fuego lento, sin muchos adornos ni maquinaria de por medio, con la verdura de temporada cortada a mano y cocida en olla de hierro. Porque al fin y al cabo, todo esto conlleva un gran alivio mental y también económico. Los caprichos, como el chocolate, sólo para el fin de semana (porque esto también supone un trabajo para la voluntad, al menos para la mía). El yogur y el pan, hechos en casa (porque son dos secciones del supermercado en las que abunda lo innecesario).
En cuanto a mi, voy a trabajar mucho para ser menos exigente y perfeccionista, para soltar el control.
En cuanto a mis hobbys, voy a gastar todo el material que tengo antes de comprar más (es uno de mis grandes “agujeros negros”).
Aquellos que me seguís en Instagram veréis más fotos y más stories de nuestro día a día, más auténticas, pero menos magníficas, bonitas y preparadas. Solo nuestro día a día, que seguramente, no es más interesante que el de cualquier otra familia.
Y todo esto ¿Para qué?, os estaréis preguntando. Pues la verdad, es que ni yo misma lo tengo muy claro. Solo sé que cada vez soy mas consciente de la cantidad de “cosas innecesarias” que hay en mi vida y que ocupan un espacio que prefiero dedicar a disfrutar con consciencia, a apreciar las “pequeñeces” de cada día.
Quiero vivir con menos cosas innecesarias, con menos estrés, con más alegría y vitalidad.
Y tu, ¿que quieres para este 2019?

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